Miguel de Unamuno
En Malacasí no existían piscinas para que los churres aprendieran a nadar, sin
embargo, nunca en la historia malacasina desde el siglo pasado, se tuvo conocimiento que algún churre hubiera muerto ahogado.
Y es que los churres malacasinos, desde churritos se bañaban en las acequia de regadío o en el cauce del rio Piura, que en la época no lluviosa, transcurre
sereno, cristalino, manso y amigable, formando,
en su trayecto pequeños meandros y lagunas poco profundas, donde los churres en
buen grupo, aprendían a nadar chapuceando, tanteando la profundidad y arriesgándose,
a la vez que iban adquiriendo las habilidades para la natación, luego se
convertirían en excelentes nadadores de río, exhibiéndose en las grandes crecidas, ayudados con cámaras de llanta de
camión que les sirven como flotadores.
Los Churres de Malacasí, que así se conoce a los niños cuyas edades corresponden a la infancia y niñez desde los tres a doce años, a partir de cuya etapa, más de doce años, se convierten en púberes. En Cuba y en toda Centroamérica, también se usa la palabra churre, pero con otros significados como pringoso, grasoso aceitoso mugriento. Algunos lingüistas sostienen que Churre proviene de la palabra quechua churi que se traduce como hijo varón. recio, valiente, macho, pero en Malacasí en cambio; un churre es un niño tierno, habilidoso, ingenioso, perspicaz y sujeto de todo el amor y protección que le prodiguen su núcleo familiar.
Por ello, los churres de Malacasí son felices porque crecen en libertad junto con la naturaleza, en la vida rural, sintiendo el soplo helado del viento andino de las madrugadas, ya aprendiendo el silbido de las aves, el cri,cri,cri de los grillos u observando el maravilloso crecer de las plantas, alegrándose con el aguacero torrencial vivificador, envueltos en el impetuoso torbellino de la ensoñación, disfrutando el colorido arco Iris copando el horizonte, o disfrutando del fulgor del planeta Venus, que es el lucero de la mañana, o inmersos en la esplendorosa luminosidad de la luna llena, o absortos en las noches de tinieblas con millones de estrellas trepidantes copando la totalidad de la bóveda celestial.
Como no recordar a los churres correteando felices bajo la lluvia, en desnudez adánica por las calles convertidas en pequeños ríos, persiguiendo a sus barquitos de papel y alimentando las alas de su imaginación haciéndolos navegar por mares remotos.
Recordarlos compartiendo lo poco que disponían, la mitad de un
caramelo, la mitad de una cachanga, o de una naranja, un plátano, un mango,
porque desde churritos aprenden que la vida es compartir, es ayudar, es vivir libres de las
conductas que cercenaban sus potencialidades. Nacen con un alma limpia, libre de impurezas, pero que
va llenando copiosamente de solidaridad y humanidad.
Por ello, los churres malacasinos se convierten en hombres y mujeres repletos de bondades de amor y compromiso con sus semejantes, sin envidias, libres de deseos malignos, compartiendo triunfos y desdichas y convencidos que la solidaridad, es un deber y no un mérito, sabiendo que en un hogar donde almuerzan dos, pueden almorzar tres.
Por eso los churres malacasinos, cuando son mayores, siguen siendo churres, ya que lo bueno aprendido, pasa a convertirse en parte de su genética y corre por sus venas junto con la sangre misma, que se derrama irremediablemente a borbotones por sus semejantes; por eso también, todo churre malacasinos lleva guardado en su mochila todos sus recuerdos, como fuente inagotable de lo vivido, que se quedó grabado en sus almas para siempre.
Así, los churres malacasinos van por el mundo debelando en sus comportamientos la esencia de sus corazones y reconociendo en cada una de sus palabras malacasinas: churre, gafo, piajeno, miéchica, gua, patelana, tarja, grandazaso, manaturaloso, ardiloso, rechucha, etc. que están unidos por el mismo cordón umbilical heredado de su pueblo.
Escribo esta lectura, para que quede impresa en la historia de Malacasí, dejando
sentado, que, por donde vayan
en el mundo, encontrarán que, el mejor amigo de un churre es otro churre.
año 2012