DON SERGIO CHANAMÉ PECHE :El combatiente olvidado.

DON SERGIO CHANAMÉ PECHE:: EL COMBATIENTE OLVIDADO.

Si quieres la paz

 prepárate para la guerra

Publio Flavius Vegetius 

Me encontré con don Sergio Chanamé Peche los primeros años de 1990 en Lima, mientras él realizaba gestiones para que se le reconociera oficialmente como ex­-combatiente del conflicto peruano-ecuatoriano del año 1941. En ese entonces alcanzaba la edad de setenta años y tomando yo interés en ayudar en su gestión, lo acompañé al cuartel general del ejército, sede del   Ministerio de Defensa en el distrito de San Borja, donde se presentó como combatiente de 1941.

Los soldados que custodiaban en la puerta del enorme complejo, cuando escucharon que era ex­-combatiente de 1941, nos hicieron pasar a la oficina del despacho ministerial, donde hicimos saber al secretario, un Mayor del Ejército, el propósito de la visita.

El secretario consultó el padrón de combatientes, pero el nombre de don Sergio Chanamé Peche no existía en los registros. Y es que en el corto tiempo que duró el conflicto desde Julio de 1941 a febrero de 1942, la movilización de los combatientes fue muy rápida y no hubo el tiempo suficiente para registrar la movilización del personal de combate que tuvo lugar.

Lamentablemente, pasados 50 años del conflicto, ya se habían cerrado los padrones y don Sergio Chanamé, ya sea porque no recordaba los nombres de sus jefes; o porque algunos ya habían fallecido, no pudo acreditar su participación en el conflicto. No obstante, en ese corto tiempo que estuvimos juntos, tomándonos un café, Don Sergio Chanamé me habló sobre su participación en el conflicto de 1941 suscitado en el frente nororiental donde él estuvo.

Me narró que era un joven de 21 años cuando fue reclutado en la ciudad de Pacora donde vivía con sus padres, llevado al cuartel del ejército en Lambayeque y luego de ser entrenado muy rápidamente en el manejo de las armas, fue embarcado al frente nororiental ubicado a orillas de la confluencia del rio Yaupi y el rio Santiago.

Allí toda una compañía de más de ciento cincuenta soldados bien pertrechados, estuvieron acantonadas por más de cuarenta días, a unos doscientos o trescientos metros frente a la guarnición ecuatoriana, sosteniendo esporádicamente ligeras escaramuzas y mutuas hostilidades, hasta el 14 de agosto de 1941, que finalmente la unidad de soldados peruanos recibió la orden de asalto a la plaza ecuatoriana y tomarla definitivamente.

Me narró don Sergio Chanamé que, en medio de la jungla impenetrable, tuvieron que soportar, las nubes de zancudos y mosquitos que les atacaban sin tregua día y noche, pero gracias a los auxiliares de la tribu de Jíbaros que apoyaban a los soldados peruanos, aprendieron a usar las resinas de árboles, que, frotadas en la piel, evitaban las implacables picaduras.

Por las noches, la lluvia incesante se precipitaba en forma de diluvio con ruido estrepitoso de truenos y rayos que caían muy cerca destrozando enormes árboles. Luego, pasada la fuerte lluvia, sucedía la oscuridad plagada de sonidos estridentes de insectos que martillaban la mente sin dejar dormir ni un solo minuto, allí vivían agazapados, lidiando con la muerte repentina, sin poder encender pequeñas fogatas para no ser detectados por los enemigos que acechaban a tiro de fusil.

Por las mañanas se dedicaban a formar espacios claros bajo el dosel de los árboles de lupuna, para evitar ataques de felinos y reptiles, que se hacían notar muy cercanamente.

Por las tardes después del rancho, el sacerdote capellán de la tropa, los reunía para apoyarlos en el plano espiritual, haciéndoles formar en grupo, perdonándoles sus pecados, y amainando su temor a la muerte que trae consigo la guerra, les decía y aclaraba que dar muerte a otro ser humano en defensa propia y de la patria, como era el caso de la guerra, no era pecado.

En los días que estuvo en la selva, se conoció con muchos combatientes que también habían acudido al llamado de la Patria, dejando todo en sus pueblos, sus familias y sus vidas que apenas empezaban a existir. Allí en la inclemente selva, se consolaban mutuamente hablando de sus esperanzas y sueños, pero Don Sergio hizo  más amistad con un soldado que ayudaba a preparar el rancho, y sintió una gran pena cuando lo vio morir alcanzado por una bala disparada del lado ecuatoriano,  mientras se desplazaba en el campamento, ésto sucedió porque a pesar que le habían advertido que debía caminar agachado con la cabeza mirando hacia abajo, él soldado siempre lo hacía erecto con la cabeza erguida, por lo que la bala le destrozó el cuello, muriendo al instante. Así es la guerra, decía entristecido don Sergio, la muerte nos sorprende cuando menos la esperamos y en la guerra, el que pestañea, muere.

En  el momento del asalto a la plaza ecuatoriana, que empezó a las 5 de la mañana, vino a la mente de don Sergio, las palabras del soldado argentino Teniente Coronel Roque Sáenz Peña quien al mando del batallón Iquique, en la cima del Morro de Arica, espada en mano, luchando con gran valentía, arengaba a los soldados peruanos diciendo “Viva el Perú, carajo” y con ese pensamiento avanzaba Don Sergio, entre los silbidos de las balas que pasaban casi afeitándole la cara,  y por eso también se encomendaba a San Pablo de Pacora que era el santo de su pueblo y estaba seguro que lo devolvería sano y salvo a hogar paterno.

Consolidada la toma de la plaza ecuatoriana, Don Sergio fue trasladado a Pijuayal donde permaneció hasta el fin de la guerra que sucedió el 12 de febrero de 1942, con el retiro de las tropas peruanas de la provincia del Oro y la firma del tratado de Rio de Janeiro. Los soldados fueron dados de baja y volvieron a sus pueblos de origen, y don Sergio Chanamé Peche no se preocupó más en registrar su presencia en las filas de los combatientes de 1941, dando gracias a Dios que lo había librado de una muerte casi segura.

A comienzos de 1950, reunido con algunos amigos emigró al pueblo de Bigote  donde vivió un tiempo durante el cual gestionó el establecimiento de los juzgados de paz no letrados de Salitral y Malacasí.

Establecido finalmente en Malacasí, se unió con su esposa Doña Alejandrina Barranzuela con quien procreó cinco hijos, a quienes los crió con sólidos principios éticos y amor a la patria.

Don Sergio Chanamé Peche vivió hasta los 78 años y murió en Malacasí en abril del año 1998 rodeado por sus seres queridos, partiendo al más allá, a encontrarse con sus ancestros en la gloria del Padre creador de todas las cosas.

Reproduzco este testimonio, tal como me lo contó don Sergio Chanamé Peche, sin la presencia de ningún testigo, para que quede registrada en la Historia de Malacasí, y por lo tanto nunca se olvide que hubo un valiente soldado, que no dudó en tomar las armas, cuando fue llamado para defender la integridad de nuestra Patria.

Don sergio Chaname Peche queda reivindicado en esta lectura malacasina y no será mas un combatiente olvidado, sino un ejemplo para la generaciones venideras.

Julio 2000