EL ALGARROBO MALACASINO DE CINCO SIGLOS.
Te recuerdo algarrobo con el corazónPorque vives hilando entre mis sueñosFiligranas de plata, del amor diseñosQue iluso observo, desde mi rincón.
Ya nunca más volveré a ver aquel algarrobo de Malacasí con su frondoso follaje tocando las nubes del cielo. Desafiando las ráfagas de viento, que soplaban furiosas y amenazantes desde las altas colinas que rodean Malacasí; tampoco lo veré enhiesto e imponente bañado por la lluvia diluviana, que intentaba desmembrarlo en mil pedazos; tampoco estará más contemplando desde su vanidosa y grandiosa copa, los prístinos resplandores cabalgando en amaneceres relucientes, y menos aun, deleitarse en las tardes, oteando los pálidos y áureos atardeceres que se hunden lentamente en la oscura soledad de la noche.
Tampoco podré escuchar los cantos de los madrugadores chilalos anunciando desde sus redondos hornitos de barro la llegada matinal, ni el trino melodioso de las chirocas, los tordos, las chiscas, los choquecos, las urracas, las luisas y los pájaros carpinteros, que felices reposaban y anidaban en sus ramas protectoras.
Desde ese lugar, fue testigo histórico del paso indubitable del tiempo y de los feroces guerreros tallanes, vicuses, sicanes, cañarís, mochicas; y hasta pudo admirar la marcha de las huestes guerreras de Huayna Cápac, venidos desde el Cuzco en conquista de los Huancas, Chachapoyas, Huancabambas y Ayabacas.
Fue también testigo solitario de las luchas de los hermanos fratricidas Huáscar y Atahualpa disputándose la borla real Mascapaicha, signo del poder absoluto del Imperio de los Incas, a costa de sangrientas batallas entre los ejércitos Atahualpistas dirigidos por: Rumiñahui, Quiquis, Challcuchimac; Ucumari, y Tomay Rima; contra los Huascaristas: Atoc, Topa Atao, Huanca Auqui, Tito Atauchi y Uampa Yupanqui.
A su amparo y protección , reposaron las huestes aventureras de Francisco Pizarro, con sus tropas de centauros masticadores de metal, con cascos de acero y altos penachos, torsos revestidos con corazas metálicas, armados con tizonas, arcabuces, trabucos, lanzas y escudos de hierro, en su paso por los dominios del cacique Zarán, cerca del pueblo de Caxas, buscando su hora de gloria, que les esperaba en Cajamarca desde hacía una eternidad.
El formidable algarrobo de Malacasí, fue admirado por el sabio Antonio Raimondi, quien a su paso desde Huarmaca hacia Piura, quedó impresionado por la colosal corpulencia y altura, solo comparable con las secuoyas gigantes de California, los baobabs africanos de Madagascar y los ceibos, ciclópeas moles de prominente barriga y color verduzco, que crecieron como mudos testigos milenarios, diseminados a las orillas del rio, en el alto Piura y en toda el área del bosque seco, como celosos guardianes de la soledad cordillerana.
Como me llena de nostalgia infinita el recuerdo de este secreto y fiel compañero de mi niñez, con su presencia imponente, apareciendo inexorable en mi memoria, con su recia fortaleza cilíndrica, que tal cual poderoso y violento torbellino, se elevaba desafiante hasta herir las nubes, para luego desplegarte en múltiples brazos y sombrillas protectoras, como arropando al mundo en toda su plenitud.
Bajo su sombra se cobijaron hacendosos labriegos para disfrutar los largos descansos después de sus agotadoras jornadas agrícolas; mientras que por las noches se convertía en disimulado cómplice de los jóvenes malacasinos, que se acurrucaban a jurarse la eternidad de sus primeros amores.
Nadie tocó el algarrobo de Malacasí hasta que, a mediados del mes de enero de 1961, el hacendado de Malacasí, Don Juan Cuglievan Trint, convocó a sus habitantes para hacer la donación del terreno donde crecería el pueblo, delimitando el área, ante la alegría desbordante de todos los pobladores.
Esa alegría no pudo tener otro desenlace que no fuera talar todos los algarrobos que había crecido por cientos de años en los alrededores, y por desgracia, el algarrobo de Malacasí, que había sobrevivido por más de 500 años , no pudo evadir el hacha de los entusiasta taladores arboricidas, que nos privaron de tan histórico árbol, cuya altura superaba los cincuenta metros y el grosor de su masa corpórea, los dos metros de diámetro y que la posteridad lo hubiera mantenido como orgulloso símbolo del pueblo.
El algarrobo que estaba ubicado casi frente a la casa de mi inolvidable madre, Jesús Tineo de Díaz, permaneció echado en toda su largura en posición total supina por muchísimos años, pues nadie se atrevió, por el grosor de su tronco, a dividirlo en pequeños trozos o rajas de leña, por lo que tuvo que ser convertido en carbón, para poder desaparecerlo.
Lo que no pudieron eliminar, fue la raíz principal que quedó sepultada para siempre protegida por la madre tierra, en una profundidad vertical de no menos de sesenta metros, donde jamás nadie la podrá tocar.
El Algarrobo de Malacasí, ya es parte de la historia y queda plasmado en este retrato en blanco y negro para que nunca sea olvidado, y para que sirva de lección, porque como afirmó el sabio Cicerón “Quien olvida su historia está condenado a repetirla.
año 2021