LOS CERRILLOS DE MALACASÍ

LOS CERRILLOS DE MALACASÍ

 Cuando vuelvo anonado

Soñando en alas del viento

En Malacasí yo encuentro

Los cerrillos del pasado

 

Malacasi, está rodeado por una cadena de montañas tutelares, que miran al valle del rio Piura, a cuyo piedemonte corre la carretera que se empina agresiva cual ondulante sierpe, desplazándose en ondas horizontales y penetrando los macizos andinos, hacia las alturas de Canchaque y Huancabamba.

Esta cadena de montañas se angosta en el puente de Salitral   y en la quebrada Malacasina hace giro de 90 grados para formar una herradura, que abraza un inmenso valle yendo en dirección del jagüey, lo rodea pegada al cerro detrás de las huacas pre-incas de Malacasí y   desciende en una seguidilla de pequeñas elevaciones y promontorios hasta casi besar la carretera, completando así, un semicírculo envolvente protector del pueblo.

Estos promontorios, tal cual lágrimas de la cadena andina, son conocidos en Malacasí, con el nombre de Los Cerrillos, entre éstos se destaca un collado que se separa solitario de la cadena montañosa dejando libre el paso de  la carretera, convirtiendo  dicho  collado solitario en una imponente torre de  vigilancia,  desde  donde  se puede  contemplar el inmenso valle totalmente llano y verde.

En la cima de ese pequeño collado, el hacendado don Juan Cuglievan Trint, construyó una hermosa casona, como si fuera una pequeña fortaleza medieval, desde la cual podía disfrutar de una exquisita vista de su inmensa propiedad de ricicultura y algodonero, y que habitó por mucho tiempo junto con su esposa, doña Josefina Balarezo Hilbck;.A un Kilómetro de la casa, Don Juan Cuglievan construyó un pequeño aeródromo, de manera que podía, llegar a la ciudad de Piura en 30 minutos, pilotando su propia avioneta.

En un determinado año que hubo una sequía prolongada, Don Juan hizo construir un pozo tubular casi al borde del pueblo, lo dotó de un largo tramo de canal de cemento armado para que el pueblo tuviera agua para sus hogares, ese pozo resultó inagotable y los malacasinos le llaman “La Bomba” y no hay visitante que pase por Malacasí que no se dé el gusto de un refrescante baño con agua limpia y fresca

Pero un día nefasto de del 24 de junio de 1969, la hacienda fue expropiada mediante la Ley de Reforma Agraria Nº 17716 por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, y don Juan Cuglievan, tuvo que abandonar tanto sus tierras como la bella casona, que era una delicia, admirada cual obra de arte en la entrada a Malacasí.

La ausencia de don Juan Cuglievan Trint, dejó una interminable tristeza, pues fue una buena persona que dio trabajo y felicidad a todo el pueblo de malacasí por muchos años, y tuvo gestos de generosidad con muchos que acudieron a él por su ayuda, y el pueblo de Malacasí ha reconocido bautizando la calle principal con su nombre.

Cuando liquidó las indemnizaciones de los trabajadores todos recibieron hasta el último centavo y por varios años después, muchos jubilados vivieron sus últimos días, gracias a los aportes que se había depositado en la ONP. Antes de retirarse para siempre, él mismo en persona, fue preguntando a los trabajadores si habían recibido bien sus liquidaciones, y cuando llamó a determinado trabajador que había recibido unos mil cien soles de indemnización, éste respondió “he recibido ciento mil, patrón”, don Juan con cariño le dijo, “ahora tienes más plata que yo”. En otra oportunidad, enterado que una viuda había perdido toda su cosecha de maíz debido a una plaga, éste le dijo “no te aflijas porque aquí tienes el valor de toda la cosecha que has perdido; y le entregó un sobre con un monto mayor del que la viuda esperaba; igualmente supo reconocer la valía de sus trabajadores, ensalzando y agradeciendo su labor, por ejemplo, se le escuchó decir que uno de sus mejores empleados,  por su honradez y  rectitud, era don Cirilo García, quien en su labor de asistente del cajero, se encargaba, cada semana,  con su bolsita en mano de ir por cada tiendecitas de Malacasí,  a cambiar billetes, por sencillo, para que así los trabajadores de la hacienda, recibieran su salario hasta en el último centavo.También reconoció los méritos de Don Víctor Zunini Meléndez cuyo talento administrativo contribuyó a dar felicidad y bienestar a los pobladores, como jamás había sucedido antes.

Así fue Don Juan Cuglievan Trint, que paso por mi pueblo de Malacasí, haciendo el bien, ratificando y poniendo en práctica las palabras de Santa Teresa de Calcuta que dijo “Quien no vive para servir; no sirve para vivir”.

Para los Malacasinos, los Cerrillos forman parte del alma de nuestros recuerdos porque era motivo de alegría para los que retornábamos después de meses de estudios fuera del pueblo y al acercarnos nos encontrábamos con este importante regalo de la naturaleza que tan luego lo traspasábamos, aparecía en toda su desnudez las primeras casas del pueblo con su entrada flanqueada por la comisaría, y la única calle que se había formado en forma desordenada.

En esa única calle se fundieron nuestras alegrías con los bailes pastoriles de la navidad; las fiestas de carnavales, con los cortes de yunzas; las procesiones de Semana Santa, promovidas  y  precedidas por don Juan Viera, hombre piadoso y ejemplar ser humano; las ferias dominicales donde los trabajadores gastaban hasta sus últimos centavos en horneados de pavo, compra de víveres y alguna ropa de vestir, y  sobre todo el jolgorio de las fiestas con las carreras de burros , los  duelos de glotones y otras justas deportivas que llenaban de alegría al pueblo Malacasino.

Pero también aprendimos lo que es sentir tristeza, y cuando teníamos que salir del pueblo, lo último que podíamos ver eran Los Cerrillos de Malacasí que se iban alejando de nuestra existencia, como si nos estuvieran arrebatando la vida y nuestro afecto de amor a la tierra se agolpaba en un cúmulo de sentimientos dolorosos, como el causado por una espada de doble filo que se inyecta en corazón hasta alcanzar el alma.

Volver a Malacasi es rencontrarse con Los Cerrillos y las plantas de huairuros que crecieron en sus faldas, cuyos frijoleados frutos nos alegraron la infancia maravillándonos con sus colores negro bermejo, que semejaban pequeñas y delicadas gemas, piedras preciosas que se exhiben en los finos collares variopintos, en los cuellos de hermosas damas.

Es reencontrarnos con los días diluviales con  feroces relámpagos y truenos, con olor a tierra mojada que se grababa como sellos indelebles en nuestras vidas; es reencontrarnos con el Algarrobo de Malacasí que sobrevivió por más  quinientos años, imponente y maravilloso, pero que no pudo resistir el filo malévolo de una hacha poderosa que le cegó la vida para siempre;  es reencontrarnos con las  interminables horas que pasamos, jugando futbol sin zapatos  con una pelota de caucho, o escuchando en las noches lluviosas  los partidos de futbol en la radio de don Rubén Ramírez que funcionaba a todo volumen, es reencontrarnos con la inocencia de nuestra niñez junto a nuestros padres y  madres que ya se fueron pero  también   con aquellos ancianos y respetuosos labriegos, que aun con todos los años a cuestas, madrugaban al canto de los chilalos a  cultivar sus  huertas

Cuando volvemos  a nuestro  pasado malacasino, real, o en nuestros  sueños, encontramos a Los Cerrillos, parados solemnes e inexpresivos, cual soldados espartanos, en la puerta de entrada, con los brazos abiertos, esperando, por siempre nuestro  retorno.


año 2021